miércoles, 9 de enero de 2019

154. Los orígenes sagrados de la danza

¿Qué es lo sagrado? A veces solamente un instante, una palabra, un sentimiento. Otras veces, tan solo un acto, una mirada, un rostro. Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha sentido una conexión con algo más grande que sí mismo. Y del intento de sentir esa sacralidad en nuestro interior y de conectarnos con ella surge la religión (del latín religare, "unir", "conectar"). Según antropólogos como Michael Harner, la danza, junto con la música, fue una de las primeras manifestaciones de la conciencia de lo sagrado. Dos de las primeras vías para conectarnos con lo trascendente. En las comunidades primitivas del Neolítico (pues hasta entonces se ha podido seguir el rastro de los danzantes), hombres y mujeres se sumían en un éxtasis danzatorio que les embriagaba por completo y les hermanaba con la divinidad. A día de hoy, siglo XXI, no son pocas las escuelas, centros y grupos de danza que buscan de nuevo esa conexión divina, no con lo de fuera sino con lo de dentro. La danza era y es una gran herramienta para restablecer el equilibrio primordial de nuestro cuerpo, esencia y espíritu. Actualmente esta variante de la danza recibe muchos nombres, la más conocida es "danza holística", pues responde a una visión global y amplia del movimiento, contemplado más allá del cuerpo físico, siendo consciente de que cualquier movimiento, por pequeño e imperceptible que sea, moviliza y transforma todo nuestro Universo.


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Pintura rupestre de la Roca de los Moros o cueva de El Cogul, Lleida (7000 a.C.). Danza grupal 
en la que unas mujeres con falda acampanada bailan alrededor de un hombre desnudo

Atendiendo a esta percepción de la danza, el ser humano llegó a comprender que no está compuesto sólo de un cuerpo físico de músculos, piel y huesos, sino que todo su ser está formado por un complejo entramado de cuerpos de menor densidad y mayor sutileza que nos componen y contienen. Simplificando, podríamos decir que el ritual de la danza otorga conciencia al ser humano de que está compuesto de tres partes diferenciadas: el cuerpo físico (que atiende la energía primordial), el cuerpo del alma (o cuerpo etéreo, que atiende la energía emocional y/o mental) y el cuerpo espiritual (que atiende la energía intuitiva, la visión clara y la comunión con el Universo). Esto, que en una primera instancia puede parecernos muy místico, para los danzantes de la Antigüedad respondía a una sola naturaleza: el ser humano. Eso sí, en todas sus dimensiones. Esta idea ya es apreciada por las religiones chamánicas, las primeras que se desarrollan, las cuales ven en la danza una forma de conectar con la Unidad del universo. Por su parte, la idea del ser humano de múltiples compuestos proviene de las tradiciones orientales, fecundas en su visión de la constitución primordial. Tanto la idea tántrica, como los escritos de Ayurveda (medicina tradicional india) como los textos sagrados del taoísmo hacen mucho hincapié en esta visión global y amplificada del ser humano y en su energía, y aportan prácticas y técnicas para comprender, equilibrar y conservar esa energía vital. De esta forma, la danza se convierte casi en medicina divina al apoyarse en el movimiento como catalizador de procesos, no sólo físicos, sino también mentales y espirituales. Por supuesto, para que la danza pueda servir a ese objetivo debe ser practicada desde la conciencia, el conocimiento o el método correcto de enseñanza y aprendizaje de la misma. Evidentemente no cualquier danza cumple con este esquema holístico, si no tenemos las herramientas para acceder a su amplitud y correcto uso del movimiento y la energía para reestablecer el equilibrio interior que, quizá, hayamos perdido. Para las culturas religiosas del valle del Indo, que datan del III milenio antes de Cristo, la danza era tan sagrada que estaba bajo la protección y práctica de un dios: Shiva Natarash, "el rey de la danza".

File:Shiva as the Lord of Dance LACMA edit.jpg  
Shiva como señor de la danza en un exvoto del 900 d.C. conservado 
en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles

Esta conexión sagrada de la danza con el propio ser humano se constata desde el momento en el que la propia respiración y los latidos del corazón servían para darle una primera cadencia a la danza. En la Antigüedad clásica la danza era todo un arte - teniendo incluso una musa dedicada a ella, Terpsícore -, y se la consideraba sagrada al vincularla con importantes momentos de la historia de la humanidad. Por ejemplo se decía que los coribantes (kurbantes en frigio) que celebraban danzas rituales en honor a la diosa Cibeles tenían su origen en los ministros de la religión del mismo nombre bajo el gobierno de los titanes. Éstos, bailando al son de estruendosa música de pífanos, zampoñas, cascabeles, espadas y escudos, consiguieron con el ruido salvar del voraz apetito de Crono al pequeño Zeus, cuya protección y cuidado les había sido confiado. Dicho de otra manera, la danza sirvió para preservar el orden en el universo. Después de todo la música y el baile, como bien sabía el semidiós Orfeo, es la creación de orden a partir del caos. Por otra parte, las danzas y bailes campestres se dicen que fueron inventados por el dios Pan, y se ejecutaban en los bosques y en parajes naturales por parejas de ambos sexos tocados con ramos de encina y guirnaldas de flores.
 
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Apolo, dios de la música, danza junto a las musas, deidades de la inspiración

Los griegos utilizaron la danza como vía para la trascendencia en gran número de festividades y rituales, como los de las bacantes. Sin embargo, no fueron los únicos: la mayoría de los pueblos del Mediterráneo practicaban la danza con fines religiosos y profanos. Por ejemplo, el pueblo judío la utilizaba para cumplir con la Ley y para celebrar acontecimientos importantes. Una de las grandes figuras del judaísmo, el rey David, se desnudó y bailó con alegría delante del Arca de la Alianza cuando ésta subía por Jerusalén al Templo de YHWH. Otro ejemplo lo encontramos en Miriam, la hermana mayor de Aarón y Moisés, quien después del paso por el Mar Rojo incitó a los hombres y las mujeres a cantar y bailar entonando el Ashira l'Adonai, "cantaré a Dios". Este sentimiento de gozo y alegría en la danza al tiempo que se establecía la conciencia de la sacralidad fue también adoptado por los romanos. Estos, entre otras danzas, tenían una para las ceremonias nupciales, en las que se expresaba la alegría de la feliz unión tocados por coronas de flores, pero que al mismo tiempo representaba los misterios más profundos del matrimonio. Con el tiempo, el Senado lo empezó a ver con malos ojos por ser bailes obscenos donde se daba rienda suelta al libertinaje y a la licencia, representando una imagen más que obscena, y se decidió a expulsar de Roma a todos los bailarines y maestros de semejante baile.

El rey David se despoja de sus vestiduras a punto de empezar a bailar en esta pintura 
del siglo XVII conservada en la capilla de San Andrés de la catedral de Sevilla


Todos los pueblos, como se ha mencionado anteriormente, tenían sus bailes sagrados que formaban parte del culto y eran un ritual en sí mismos. En todas las religiones antiguas, ya fueran las celtas, la grecolatina, la egipcia, las mesopotámicas o las hindúes, los bailarines fueron sacerdotes. El cristianismo establecido como religión en el siglo IV, el catolicismo, no fue una excepción. Ése es el motivo por el cual en las iglesias de los primeros tiempos se construía un terreno elevado en su interior al que se le daba el nombre de "coro", que no era sino una especie de teatro separado del altar, tal y como se puede apreciar hoy día en algunas iglesias, como San Clemente o San Pancracio en Roma. En estos coros se ejecutaban las danzas sagradas con la mayor pompa en todas las fiestas solemnes. Sin embargo, con el paso del tiempo, estos espacios y estos bailes fueron poco a poco siendo desterrados de las Iglesias por su ascendencia pagana. Sin embargo, hoy en día se siguen conservando en algunos pueblos de tradición católica, en los que la música y el baile siguen representando los misterios más augustos de la religión.

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"La Danza" de Henri Matisse (1909), conservado en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, se asocia a menudo con La consagración de la primavera de Stravinski precisamente por el intento de recuperar la esencia del arte tribal y del baile como vía hacia lo trascendente  



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